martes, 27 de agosto de 2013

La pierna perdida de Gerardo Murillo

De izquierda a derecha: Murillo pintando el Paricutín; retrato que le hiciera el fotorreportero Tomás Montero Torres en 1950; y escultura en la Rotonda de Jalicienses Ilustres, en la que le falta la pierna izquierda.

Gerardo Murillo, mejor conocido por el mote “Dr. Atl” que le concediera el escritor Leopoldo Lugones en 1902, es uno de los referentes artísticos más importantes en México por integrar en su vida y trayectoria el espíritu ilustrado de finales del siglo XIX, el giro frenético y combativo de las vanguardias artísticas internacionales en la transición al siglo XX y la consolidación de un ambiente decantado a la construcción de una cultura moderna en las artes nacionales. 
Un hombre intenso al que la historia develaría como profundamente contradictorio, emblema de las tensiones culturales de inicios del siglo XX. Protagonista de la antesala del movimiento mural mexicano, con la conformación del Círculo Artístico que no pudo ejecutar sus primeras obras bajo el auspicio de Porfirio Díaz por el estallamiento de la Revolución en 1910. Profesor de la Academia de San Carlos y facilitador de un espíritu modernista relacionado con la paleta del Impresionismo parisino, el arrojo individual en el arte, la participación activa en la política. Formó parte del frente carrancista durante la Revolución y participó en las “negociaciones” que planteaba Don Venustiano para aplacar la rebeldía de Emiliano Zapata. Una especie de hombre universal igualmente interesado en las artes que en la vida social de su país, las dinámicas internacionales, la ciencia, el futuro, el espacio, la sexualidad intensa. 
Su persona y obra ha sido escudriñada con mayor intensidad en los últimos años con la exposición Dr. Atl. Obras Maestras a la que convocó la Colección Blaisten en 2011, y en la exposición Vanguardia en México 1915-1940 del MUNAL en pasados meses de este año. 
Murillo tuvo una presencia relevante en Michoacán. Esta tierra tocó su vida: le quitó parte de su cuerpo. Existen diversas versiones acerca de la relación entre el periodo que pasó en las inmediaciones del volcán Paricutín y la pérdida de su pierna. Se menciona usualmente que la inhalación de gases emitidos por el volcán produjo complicaciones en su salud que determinaron la necesidad de amputar su pierna, sin mencionar cuál de los miembros le fue retirado. Hay algunas fuentes en la red que confirman esto, pero otras aluden a problemas de diabetes y otros padecimientos (por ejemplo, secuelas del tabaquismo). Pero la realidad fue diferente. Seis días después de la erupción del volcán en 1943, Atl abandona su taller y actividades en la ciudad de México (entre estas, reuniones pro-nazi) para trasladarse a las inmediaciones del Paricutín y realizar un registro del fenómeno. Con ello escribió el tratado ¿Cómo nace un volcán? El Paricutín. Salvo por 1944, pasa la mayor parte de su tiempo en la región entre 1943 y 1948. 
En los primeros días de octubre de 1949 enfermó de gravedad a causa de una gangrena desarrollada en su pierna derecha, consecuencia de una caída sufrida en los alrededores del Paricutín y problemas circulatorios de tromboangeítis obliterante (inflamación de vasos sanguíneos, cuyo estrechamiento provoca bloqueos por coágulos). El 13 de octubre es sometido a una amputación, y durante la convalecencia post-operatoria escribe la novela biográfica Gentes profanas en el convento, que publicaría en 1950. 
Hoy su efigie se encuentra en la Rotonda de Jalicienses Ilustres, en Guadalajara, soportándose con una muleta, faltándole la pierna izquierda. Así, en ocasiones las artes contribuyen a la confusión y a las falsificaciones de la historia. A veces estas tienen que ver con las piernas o los brazos perdidos de los artistas, pero en otras se trata de situaciones algo más graves. 

Publicado en la sección Artes&Vida 
Diario Provincia 
19 de agosto 2013

lunes, 12 de agosto de 2013

Iconografía incidental de Belsay Maza

De izquierda a derecha: Sebastián López, Pedro Hernández y David Gutiérrez
Obras incluidas en la exposición. 

La vergüenza nos va juntando lentamente. Como elaboración que genera un lazo social específico, este sentimiento colectivo ejerce paulatino su confrontación con la estadística dura e impersonal. Miles de muertos y tantos más desaparecidos, involucrados los culpables y los inocentes en la letalidad del cotidiano. La realidad violenta tenía vigencia previa a la declaración de guerra entre el estado mexicano y la delincuencia organizada (y la que también no lo está, aunque igualmente mortífera). Pero en un punto se desbordó escandalosamente: el conteo de cadáveres diario hería susceptibilidades y en las calles herían a los ciudadanos comunes. 
Existió la pregunta entonces. ¿Dónde están los artistas responsables con su tiempo que abordarán estas circunstancias? Fue un reclamo legítimo y representó una situación inminente: por su contacto con la vida, las artes serían tocadas por la muerte y sus formas, tan abundantes y diversas por nuestros días. 
En la exposición Presente de una sociedad distópica, presente en el Antiguo Colegio Jesuita de Pátzcuaro desde el 9 de agosto pasado, Belsay Maza presenta una obra determinada por la visualidad que se corresponde con los millares de noticias acerca de ejecuciones y violaciones. En su mayoría son vestigios de los hechos lo que vemos: cuerpos hallados en umbrosos terrenos rurales, atados con cinta gris, arrojados en arroyos y pastizales. Se trata de realidades nacionales, pero en este caso el paisaje concreto que se retrata es el michoacano. 
El lenguaje visual es moderado aunque elocuente, en el sentido de que la violencia ejercida no se acompaña de elementos que nutren el morbo y el sensacionalismo: la brutalidad fue excluida. El drama es quieto, la puesta en escena cuidadosa, el paisaje silencioso, el oficio fotográfico preciso. Este último elemento es relevante pues el “facilismo” que permea la producción fotográfica contemporánea fue acotado durante la producción de la serie. ¿Cómo? Durante la toma fotográfica, la inmediatez del equipo digital permitió medir la luz, estudiar el encuadre y la disposición de la mirada; la imagen definitiva se realizó finalmente con película analógica de formato medio. Esta definición de procedimiento demuestra que el buen término de un proyecto fotográfico no se define exclusivamente por la creatividad, sino por un conjunto de decisiones adecuadas, que en buena medida constituyen parte de la habilidad técnica. 
Trascendiendo la construcción visual a través de la coyuntura, Maza elabora sus composiciones citando antiguas obras maestras de la pintura -algunas renacentistas, otras barrocas- con el objetivo de actualizar aspectos de la iconografía que heredamos culturalmente; trastocando aquél orden ideal de mitos, pasajes bíblicos y literarios, tanto como lo ha hecho la violencia sistémica con la vida contemporánea. Así, el martirio de San Sebastián no vendrá por flechas al resistirse a renunciar a la cristiandad, sino que morirá por bala y por un ajuste de cuentas. La tragedia de Ofelia no sucede por un accidente, sino por circunstancias más aterradoras y viles. A San Pedro no lo levantan de cabeza en la cruz, sino que lo bajan de la horca. 
Se yergue así una iconografía incidental que relaciona el pasado con el presente, retomando el vínculo de la fotografía con la pintura, la poesía con la muerte, el arte con la vida y sus circunstancias. La naturaleza y la fatalidad en una atmósfera solemne donde el lamento por las vidas perdidas, a causa de ser la sociedad que somos, inició con los primeros disparos del fotógrafo. 

Presente de una sociedad distópica. 
Exposición fotográfica de Belsay Maza. 
Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita. 
Pátzcuaro, Michoacán. 
9 de agosto - 8 de septiembre 2013. 

Publicado en la Sección Artes&Vida 
Diario Provincia 
12 de agosto 2013