martes, 23 de julio de 2013

Mujeres contra la pared. Todos somos ellas.


Sesenta fotografías, y el encuadre es en todas semejante: una pared al fondo, una mujer al frente, su rostro cubierto, la breve perspectiva del suelo. La faz escondida determina el anonimato; y la soledad, indefensión. Aisladas unas de otras, habitan su pequeño escenario vacío, acorraladas y escondiéndose de la mirada que les aborda frontal. Son como las escenas del feminicidio: con pequeñas diferencias e historias escondidas, todas son iguales. Muerte por ser mujer, lujo de violencia, crueldad y vejación. 
Las mujeres que protagonizan la exposición fotográfica Todos somos ellas de Paul Owen, expuesta en la sala 6 del Centro Cultural Clavijero, se esconden como pueden. Debajo de sus rebozos, buscando protección tras sus manos o en la pared que les atrapa. También resisten como sea posible: lo mismo las jóvenes que las mayores, ocasionalmente dan un paso al frente y separan los brazos del cuerpo, como quien espera el embate próximo del peligro. 
En el caso de esta serie, lo que les avecina es apenas la mirada de un fotógrafo que busca simbolizar, a través de la repetición y la reiteración, lo descomunal de las muertes de mujeres y los horrores vividos antes de extinguirse. Son tantas las miles que dejan de existir y tan variadas sus circunstancias –tanto en México como en el mundo- que la metáfora se vuelve necesaria. Sesenta imágenes en una sala apenas sugieren la fatalidad que las estadísticas ofrecen a diario, en noticieros donde los números son abstracciones y las alertas de género por feminicidios notas de ocasión. 
Fue hace un año, durante las lluvias del 2012, que Owen visitó Michoacán para impartir un taller de producción fotográfica en la Hacienda Porumbo, a escasos kilómetros del pueblo de Erongarícuaro, coordinado por RedLab Gestión y Vinculación Cultural A.C. Pero con la explosión noticiosa sobre la creciente emergencia de los feminicidios en México, salió a las calles de Morelia acompañado por el equipo de RedLab, cámara y sombrilla en mano, preguntando a las mujeres que topaban en su camino si aceptaban ser fotografiadas para un proyecto que abordara el problema, pero desde un enfoque distinto. 
Recuerdo incluso que la convocatoria para participar en la toma fotográfica se extendió en las redes sociales, anunciando previamente la zona y el barrio por recorrer. Y la respuesta no se hizo esperar. Todos somos ellas representa la selección de un cuerpo mucho mayor de registros. Cada imagen en el muro, sin identificación ni referencias técnicas –como la identidad de las retratadas vivas y las encontradas muertas- simboliza un número indeterminado de actos de violencia donde la única evidencia es la víctima, dejando nada acerca del victimario, siempre varón y frecuentemente acompañado. 
El montaje de la exposición puede ser visto, también, como una suerte de muro de los lamentos. Una de las fotografías de mayor tamaño presenta a una mujer cubierta por un chal celeste, hieráticamente postrada contra la pared desgastada y ocre. A diferencia de otras, ella no se defiende, tampoco teme. La quietud de la escena no anuncia lo que viene, sino lo que ya está sucediendo: ¿pesar? ¿vergüenza? ¿dolor? 
El llamado a la conciencia que constituye Todos somos ellas trasciende el nivel individual, porque la violencia contra las mujeres es un mal estructural de la sociedad y no la mera sumatoria de casos aislados. Una exposición como esta perfila al centro cultural un como sitio idóneo para la conversación pública –detonada por las artes- en torno a problemas sociales y el desarrollo de soluciones, igualmente sociales. 

Publicado en el diario Provincia 
Sección Artes&Vida, página 6E 
22 de julio 2013